El hilo se escapa entre tus dedos. Por unas milésimas de segundo -no podría ser más tiempo- ves como se aleja. Tienes dos opciones; permanecer inmóvil o correr.
Y corres. Lo más rápido que puedes, a una velocidad que nunca será suficiente. Y lo sabes, pero no dejas de correr mientras que a cada momento que pasa se va alejando más, mientras que detrás te gritan que regreses porque se va y no hay nada que hacer, no está en tus manos. El viento que arriba se lleva al papalote abajo es una corriente que pega en tu cara y hace a tus cabellos volar, te empuja. Tus pisadas hacen que el polvo escondido entre el pasto seco se levante y entre en tus ojos. Todo grita que te detengas, pero el hilo que te lleva está frente a ti y apenas lo toques, será tuyo.
Y -finalmente- lo alcanzas, justo cuando tus pies pisan el camino de tierra y se detienen para que vuelvas a respirar. Alguien grita, pero ya es tarde. Ha pasado.
Y entonces te pega, tan fuerte que caes al piso. En ningún momento sueltas el hilo. Ahora son otros los que corren. El auto -no podría ser otra cosa- como tú, está inmóvil. La gente empieza a llegar. El papalote sigue arriba, en el cielo. La gente te rodea. Tienes dos opciones,; te quedas inmóvil o corres. Decides correr, pero por alguna razón no puedes.