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Archivos diarios: 10 septiembre, 2010

El pitbull finalmente se había muerto esa tarde. Con el hocico destrozado, una pata era una masa sangrienta, su nariz no se distinguía del pedazo de carne que era su rostro, y su respiración silbaba, el animal había terminado de morir después de dos días de dolor sordo. Y también mudo. En su agonía no se había quejado ni una sola vez, sólo por la respiración silbante y una inconfundible mirada de miedo, su dueño había sabida que estaba vivo. Hasta esa tarde. De repente pareció que el perro se ahogaba al respirar. El miedo aumentó en sus ojos. No podía moverse. Luego dejó de respirar. Eso sí, la mirada de miedo se quedó en su rostro muerto, mirando al amo.

Y el amo estaba furioso. Pateó el cadáver del perro, que insistía en mirarlo. Lo pateó porque se había muerto, lo pateó porque había perdido, porque se había volteado a verlo a la mitad de la pelea y luego se había tirado al piso para dejarse matar. Lo pateó porque era su dueño y debía ser él quien decidiera contra quien peleaba y cuando moría.

Ahora estaba arruinado. Había promocionado la pelea como la número cien del perro y lo había apostado todo. Nunca antes había perdido y ahora estaba muerto porque su animal se había dejado ganar. Contra un perro de la calle, ni más ni menos. Minutos antes de la pelea vio al contrincante de su animal y se rió de él, diciendo que cuando su perro hubiera acabado con el, compraría el cuerpo y haría con su piel un tapete para que el pitbull se tirara a descansar. El pelaje era una mezcla de todos los colores y y se agitaba nervioso. Su apariencia delataba que no había sido entrenado para pelear. Además, estaba desnutrido. Los perros así no duraban diez minutos en el cuadrilátero.

Tenía que conseguir otro. Tenía que pagar las deudas. Llamó al hombre que le había vendido el pitbull, pero sonó como número inexistente. Seguro lo habían arrestado, ya había sucedido antes. No sabía qué más hacer, así que se tomó un trago, y luego otro. Llevaba más de la mitad de la botella cuando se le ocurrió la idea. Iría a matar al perro, a ese otro perro, al desnutrido. Ojo por ojo, diente por diente. Perro por perro. Sonaba justo.

Sacó una bolsa y metió ahí el cuerpo de su perro, sin verlo ni una vez más. Sentía que el animal lo miraba. Ridículo, los muertos están ciegos, pensó él. Se tomó el resto de la botella.

Y luego sacó un martillo. Iría por ese otro perro, el que se lo había quitado todo.

(Continuará)