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En ese momento

Este es un poema con dueño, pero no tiene nombre. Y no lo tiene porque es injusto, lo escribí como un secreto y es suyo y no lo sabe y espero que no se entere. Sabrá que es suyo el día en que yo se lo diga. Y nunca se lo diré.

No cierres los ojos (ni por un solo momento)

silenciarías las palabras que tu boca nunca dice

esas, las que nunca respirarán aire.

 

No cierres los ojos. Ni un instante.

La caída de tus párpados precipita la noche en estos días

(Con los ojos cerrados eres como una flor desnuda)

y se convierte abruptamente la primavera en invierno.

 

No cierres los ojos, desterrarías todas las palabras

y sólo quedarían los sonidos de la boca

los gestos de las manos.

Todas esas pequeñas cosas que son mentira.

No cierres los ojos; son las únicas palabras que yo escucho.

Ahora ya no te pienso en las mañanas, ya no suspiro tu nombre cuando estoy solo, ya no te imagino en las tardes cuando cae el sol y el cielo entero -por un instante- se pone rojo y el todo cambia su color. ¿Te acuerdas de esas tardes, nuestras tardes? Probablemente no y si sí, no las recordarás de la misma forma en la que yo las recuerdo. Te burlarás de mi, por anticuado. Tú siempre fuiste muy cruel. Dicen que los niños son crueles, pero nunca nadie habló de las niñas como tú. No es que no hayas crecido, es que nunca dejaste de ser niña. Y ahora que eres mayor, no dejas de ser una niña, una niña grande.

Ya no escribo cuentos, ya no escribo poesía pensando en ti. Quiero escribir cartas de amor hasta morirme y mandarlas por correo a todas partes y para que las lean extraños, nunca tú. Y decir que no te quiero, aunque te quiera.

Ya no estabas ahí cuando me fui. Me fui yo primero, no como una huida cobarde sino retirándome, con la resignación terrible de quienes saben que es el final. Contigo no estaba vivo. Y ahora sin ti estoy muerto, nunca he estado más muerto. Y aún así, contigo nunca estuve vivo. ¿Te acuerdas?. Yo sí. ¿Qué hacías cuando me fui? De cualquier forma, ya no estás. No estamos ninguno de los dos.

Bueno, te decía.

Ya no te pienso en las mañanas. No suspiro tu nombre -en secreto- cuando estoy solo; no soy yo quien te imagina en las tardes. Eres tú quien llega, cada noche, suspirando entre sueños, cuando cae el sol y el cielo entero  -y por un instante- se pone rojo y entonces cambiamos de color.

El hilo se escapa entre tus dedos. Por unas milésimas de segundo -no podría ser más tiempo- ves como se aleja. Tienes dos opciones; permanecer inmóvil o correr.

Y corres. Lo más rápido que puedes, a una velocidad que nunca será suficiente. Y lo sabes, pero no dejas de correr mientras que a cada momento que pasa se va alejando más, mientras que detrás te gritan que regreses porque se va y no hay nada que hacer, no está en tus manos. El viento que arriba se lleva al papalote abajo es una corriente que pega en tu cara y hace a tus cabellos volar, te empuja. Tus pisadas hacen que el polvo escondido entre el pasto seco se levante y entre en tus ojos. Todo grita que te detengas, pero el hilo que te lleva está frente a ti y apenas lo toques, será tuyo.

Y -finalmente- lo alcanzas, justo cuando tus pies pisan el camino de tierra y se detienen para que vuelvas a respirar. Alguien grita, pero ya es tarde. Ha pasado.

Y entonces te pega, tan fuerte que caes al piso. En ningún momento sueltas el hilo. Ahora son otros los que corren. El auto -no podría ser otra cosa- como tú, está inmóvil. La gente empieza a llegar. El papalote sigue arriba, en el cielo. La gente te rodea. Tienes dos opciones,; te quedas inmóvil o corres. Decides correr, pero por alguna razón no puedes.