Ahora ya no te pienso en las mañanas, ya no suspiro tu nombre cuando estoy solo, ya no te imagino en las tardes cuando cae el sol y el cielo entero -por un instante- se pone rojo y el todo cambia su color. ¿Te acuerdas de esas tardes, nuestras tardes? Probablemente no y si sí, no las recordarás de la misma forma en la que yo las recuerdo. Te burlarás de mi, por anticuado. Tú siempre fuiste muy cruel. Dicen que los niños son crueles, pero nunca nadie habló de las niñas como tú. No es que no hayas crecido, es que nunca dejaste de ser niña. Y ahora que eres mayor, no dejas de ser una niña, una niña grande.

Ya no escribo cuentos, ya no escribo poesía pensando en ti. Quiero escribir cartas de amor hasta morirme y mandarlas por correo a todas partes y para que las lean extraños, nunca tú. Y decir que no te quiero, aunque te quiera.

Ya no estabas ahí cuando me fui. Me fui yo primero, no como una huida cobarde sino retirándome, con la resignación terrible de quienes saben que es el final. Contigo no estaba vivo. Y ahora sin ti estoy muerto, nunca he estado más muerto. Y aún así, contigo nunca estuve vivo. ¿Te acuerdas?. Yo sí. ¿Qué hacías cuando me fui? De cualquier forma, ya no estás. No estamos ninguno de los dos.

Bueno, te decía.

Ya no te pienso en las mañanas. No suspiro tu nombre -en secreto- cuando estoy solo; no soy yo quien te imagina en las tardes. Eres tú quien llega, cada noche, suspirando entre sueños, cuando cae el sol y el cielo entero  -y por un instante- se pone rojo y entonces cambiamos de color.

El hilo se escapa entre tus dedos. Por unas milésimas de segundo -no podría ser más tiempo- ves como se aleja. Tienes dos opciones; permanecer inmóvil o correr.

Y corres. Lo más rápido que puedes, a una velocidad que nunca será suficiente. Y lo sabes, pero no dejas de correr mientras que a cada momento que pasa se va alejando más, mientras que detrás te gritan que regreses porque se va y no hay nada que hacer, no está en tus manos. El viento que arriba se lleva al papalote abajo es una corriente que pega en tu cara y hace a tus cabellos volar, te empuja. Tus pisadas hacen que el polvo escondido entre el pasto seco se levante y entre en tus ojos. Todo grita que te detengas, pero el hilo que te lleva está frente a ti y apenas lo toques, será tuyo.

Y -finalmente- lo alcanzas, justo cuando tus pies pisan el camino de tierra y se detienen para que vuelvas a respirar. Alguien grita, pero ya es tarde. Ha pasado.

Y entonces te pega, tan fuerte que caes al piso. En ningún momento sueltas el hilo. Ahora son otros los que corren. El auto -no podría ser otra cosa- como tú, está inmóvil. La gente empieza a llegar. El papalote sigue arriba, en el cielo. La gente te rodea. Tienes dos opciones,; te quedas inmóvil o corres. Decides correr, pero por alguna razón no puedes.

El pitbull finalmente se había muerto esa tarde. Con el hocico destrozado, una pata era una masa sangrienta, su nariz no se distinguía del pedazo de carne que era su rostro, y su respiración silbaba, el animal había terminado de morir después de dos días de dolor sordo. Y también mudo. En su agonía no se había quejado ni una sola vez, sólo por la respiración silbante y una inconfundible mirada de miedo, su dueño había sabida que estaba vivo. Hasta esa tarde. De repente pareció que el perro se ahogaba al respirar. El miedo aumentó en sus ojos. No podía moverse. Luego dejó de respirar. Eso sí, la mirada de miedo se quedó en su rostro muerto, mirando al amo.

Y el amo estaba furioso. Pateó el cadáver del perro, que insistía en mirarlo. Lo pateó porque se había muerto, lo pateó porque había perdido, porque se había volteado a verlo a la mitad de la pelea y luego se había tirado al piso para dejarse matar. Lo pateó porque era su dueño y debía ser él quien decidiera contra quien peleaba y cuando moría.

Ahora estaba arruinado. Había promocionado la pelea como la número cien del perro y lo había apostado todo. Nunca antes había perdido y ahora estaba muerto porque su animal se había dejado ganar. Contra un perro de la calle, ni más ni menos. Minutos antes de la pelea vio al contrincante de su animal y se rió de él, diciendo que cuando su perro hubiera acabado con el, compraría el cuerpo y haría con su piel un tapete para que el pitbull se tirara a descansar. El pelaje era una mezcla de todos los colores y y se agitaba nervioso. Su apariencia delataba que no había sido entrenado para pelear. Además, estaba desnutrido. Los perros así no duraban diez minutos en el cuadrilátero.

Tenía que conseguir otro. Tenía que pagar las deudas. Llamó al hombre que le había vendido el pitbull, pero sonó como número inexistente. Seguro lo habían arrestado, ya había sucedido antes. No sabía qué más hacer, así que se tomó un trago, y luego otro. Llevaba más de la mitad de la botella cuando se le ocurrió la idea. Iría a matar al perro, a ese otro perro, al desnutrido. Ojo por ojo, diente por diente. Perro por perro. Sonaba justo.

Sacó una bolsa y metió ahí el cuerpo de su perro, sin verlo ni una vez más. Sentía que el animal lo miraba. Ridículo, los muertos están ciegos, pensó él. Se tomó el resto de la botella.

Y luego sacó un martillo. Iría por ese otro perro, el que se lo había quitado todo.

(Continuará)