Elsa vuelve del bosque como todas las tardes, pero ésta vez tiene su chal, sucio con sangre y lodo, hecho bola y apretado contra el pecho.
Es mío, dice sonriendo. En su boca le hace falta uno de los colmillos, el derecho, que siempre estuvo chueco y un hilo de sangre seca corre por su barbilla. Le enseña a tu anciana madre el contenido y ambas sonríen.
‘Nuestra familia está maldita’ dice mamá, sin sorpresas, convertida desde hace mucho en un arbusto de ramas secas: sus dedos están tan torcidos que no puede doblarlos, sus extremidades, delgadas y rígidas, parecen madera. Su voz es como cuando croan los sapos. Mira por la ventana hacia los árboles y se queda dormida.
Tu hermana se lleva al bebé del bosque a su habitación. La noche entera escuchas cómo le canta en voz baja, mientras la criatura ríe y ríe como un uluar de búhos y tú recuerdas la risa de otro bebé, uno que dejó de estar hace muchos años.
Esa noche no hay ningún ruido afuera, como si algo esperara. Al día siguiente hay miles de tréboles alrededor de la casa.
Tu hermana se quiebra las uñas en el jardín y se rasga los dedos escarbando. Es en lo único en lo que nunca se parecieron: las uñas. Estoy haciendo una cuna, me lo pidió anoche. Sus ojos de ven claros, pero sonríe y faltan más dientes. En la tarde, pájaros muertos caen del cielo y ves a Elsa devorando aquellos que tienen plumas rojas con si de fresas se tratara. Mamá tiene la voz más dulce cuando susurra, con las manos sin arrugas y los dedos lisos: ‘nuestra familia está maldita’. Por primera vez en años, se para de su silla y se acerca al lindero del bosque, pero no lo cruza. Esa noche, al sentarse a la mesa, tu hermana come sin canas en el cabello, con la dentadura blanca y completa. Tu madre no es más una anciana, mientras que tú pasas por la tía lejana de tu propia hermana gemela. Te miras las manos. Sigues envejeciendo igual que todos los días.
Hace mucho que huiste a la parte más gris de la ciudad y habías jurado no volver y ahora estás aquí, viendo cómo rejuvenecen ante tus ojos, hora con hora, mientras distintos pájaros se estrellan todo el tiempo contra las ventanas de la cabaña. Las carcajadas que se escuchan desde el cuarto de tu hermana, del que ella no vuelve a salir después de esa noche, no te dejan dormir. Nunca vas a volver a dormir. Recorres el camino a la ciudad a pie y no te apartas de la carretera. Los tréboles crecen a ambos lados a lo largo de ésta un par de horas después, cuando regresas.
Tu madre no dice nada. Sólo dijo que formabas parte de la maldición de tu familia cuando encontraste a tu bebé frío y quieto y azul, hace muchos años. Tu esposo tuvo que arrancarte el pequeño cadáver de los brazos y dos días después, te dejó. Tu madre se quedó impávida ante la noticia de la muerte de su nieto. ¿Alguna vez les conté de su padre? dijo ausentemente, como si fuera una explicación que se debía de dar en vez de un pésame. Cuando Elsa también volvió de la ciudad, cargaba a cuestas un aborto espontáneo. Nadie supo quién era el padre. Poco después, de que al revisarla y encontraran un bulto, la abrieran y arrancaran y suturaran para quitarle para siempre la esperanza del bebé que deseó toda la vida, te acercaste a su cama. Elsa. Dijiste. Nuestra familia sí está maldita. Ella te volteó a ver y sonrió. Al siguiente día fue la primera vez que se adentró en el bosque y tú asumiste que tendrías que cuidar de las dos. Y te quedaste.
La joven de quince años en la que se ha convertido tu madre te toma de las manos y te ve con ojos delirantes cuando intentas convencerle de que tienen que sacar esa cosa de ahí ¿Alguna vez te hablé de tu padre? susurra y recuerdas todas esas noches en las que las mandaba a dormir y ella se iba, y tú esperabas, temblando bajo las cobijas, que una sombra te arrastrara al bosque, porque sabías, porque mamá dijo, que todo lo que viene de ahí, tarde o temprano vuelve.
Es un aullido, es una carcajada, una voz ronca cada vez más fuerte lo que responde noche con noche a los arrullos de Elsa. Y cada vez que hace ruido, desde afuera responden. Los insectos, los lobos, los búhos se suman a las risas pequeñas, a los alaridos, a las pequeñas garras negras en manos muy parecidas a las humanas, que arañan los cristales de las ventanas desde afuera. Sus ojos son amarillos.
Tu madre se queda dormida mientras monta guardia en la puerta del cuarto de Elsa, la entrada cubierta de cadáveres de animales de plumaje o pelaje rojos y tréboles. Tu hermana ya no canta cuando entras sigilosamente, armada con el cuchillo de plata que pudiste conseguir a cambio de los ahorros de toda una vida, decidida a ponerle fin a esto. Elsa está inmóvil y con una sonrisa en la cara, recargada contra un nido hecho de lodo, sangre y ramas. Le faltan pedazos del cuerpo. Lo que se encuentra en la cuna está despierto y te mira. No sabías cuántos colmillos podían caber en una boca hasta que sonrió. La voz que te saluda mientras se lame los labios no es humana.
Sales del cuarto y hundes sin dudar el cuchillo en el joven cuello de tu madre, tan violentamente que la cabeza le queda colgando de un tajo de piel. El cadáver, que envejece y se arruga y se vuelve pequeño como si lo hubieran desinflado, finalmente se queda quieto al terminar de devolver todos los años de juventud que le cedieron temporalmente. Como Elsa, la cabeza de tu madre tiene los ojos abiertos y musita las últimas palabras que dirá: nuestra familia está maldita. Pareciera que aún te está viendo cuando levantas a la criatura del bosque y te envuelve, con sus alas y su cola, mientras ríe y se abraza todavía más a ti, su piel quemándote cuando comienzas a correr y tus piernas se vuelven más ágiles, sus colmillos que rasgan ligeramente la carne de tu cuello, y estás corriendo mientras vuelves a ser joven y tus uñas negras se enredan en su pelaje y juras (en el nombre de toda la sangre muerta de tu familia maldita) nunca separarte de él, conforme te adentras cada vez más y más entre los árboles y los miles de ojos que observan dentro del bosque entero que les da la bienvenida a carcajadas. Están en casa.