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Archivo de la etiqueta: Amor

Olías a Brisa de Mar. A Mentol Refrescante, a Protección Anticaída. Olías a la cabeza de mi papá. Te bañaba con champú de Leche de Coco Nutritiva. Y cuando mi mamá te bañaba eras pura lavanda, esa flor tan tristona que tanto le gusta. Olías a todos nosotros, excepto a Fernando, que huele a cigarro y coca cola. Todos los olores familiares estaban resumidos en tu piel.

Talentosísima cazadora de mariposas y pajaritos indefensos. De moscas. Más de una vez colocaste orgullosa, en la palma de mi papá, un pedazo de caca fresca. Desgraciada perra, eras un desastre natural.

Y también fuiste la princesa indiscutible de la casa. Mientras que mamá gritaba que levantara mi tirador y que fuera a recoger mi ropa, a ti te invitaba a sillón para rascarte la barriga y detrás de las orejas. Conozco a pocas personas a las que no les cayeras bien y esa no fue nunca una razón para no dar amor. Acompañaste a cada enfermo que estuvo en la casa. A mi hermano lo operaron de su hernia y te plantaste a su lado hasta que mejoró, a mi mamá le dolía la cabeza y nunca te separaste de ella. Cuando mi prima que también te quería tanto se nos fue, jamás dejaste sola a mi tía. Cada tristeza la intentabas arreglar on lamidas y presencia. Eras cómplice incondicional, amiga terca, cariño
inmediato. Pedías muy poco. Cómo no ibas a ser mi princesa.

La presencia peludita, acaparadora de almohadas, robadora de frutas. Te comiste mi aparato de dientes, los tomos de la mitad de los libros de Isabel Allende. Si esto era una casa, tú fuiste una de las razones por las que se convirtió en un hogar. Nadie nunca me dijo que un perro iba a ser tanto.

Fuiste muy valiente, la más valiente de todas. He encontrado pocas personas tan valientes como tú y puedo decirte que es un verdadero honor habernos conocido.

La verdad no me lo esperaba. Te podía sentir, flaquita y pequeña, lo más pequeña que te he visto en toda la vida. Abrazada a ti, aún latías. Uno, dos. Uno, dos. Uno. Y luego ya no hubo dos. Qué bueno que te fuiste, porque ya no te duele, porque ese cuerpecito duro y frío ya no eras tú.

Empecé este cuento el diez de abril a las cinco de la tarde, después de mi (obligatoria) clase de religión. Ahora, mientras más lo pienso, más me recuerda a mis viejos amigos, de la mayoría ya no sé nada. Si están por acá, si leen esto, que sepan que aún pienso en ustedes, que estos exilios autoimpuestos no evitan que, de cada tanto en tanto, piense en ustedes como compañeros en la guerra, como faros advirtiendo la proximidad de la costa. Esto es para Topa, para Poio, para Grampus, para Thiago y para Mario.   

Lo excomulgaron el año 1535. Había sido llamado erudito por las cabezas de la Iglesia y sabio por muchos, muchos otros líderes de otras religiones y cultos menores. A la reverencial edad de sesenta y tres años había viajado por el mundo, conocido a los moros de Arabia y a los africanos de las tribus más remotamente alejadas del desierto. Hablaba trece idiomas. Conocia al mismísimo papa y ante él se habia postrado despues de besar su anillo de oro. Toda su vida había buscado a Dios en cada lugar donde su palabra se había expresado, fuera en árabe o en italiano, en latín o en francés. Lo habían comparado con Tomás de Aquino y con Platón y algunos, los más sorprendidos, murmuraban tras escucharlo que algún día sería Santo. Se llamaba Alfonso de Pavón. Era el hijo de un noble venido a menos y toda su vida había sentido la mano de Dios sobre él.

El Día de la Revelación diferentes líderes religiosos se congregaron en el mismo castillo, en la orilla de España y el territorio conquistado, Jamás hubo una congregación así y él era el único hombre en la historia al que le abrían todas las puertas y que podía reunir a todos. Fue, desde luego, el concilio más importante de todos los tiempos, más aún que el de Nicea, y ahora esta completamente olvidado.

Dios, empezó diciendo ante su atento público, tiene muchas caras.

Ese fuego de los Judíos es el fuego de los Cristianos, es la misma ira de Alá que le dio fuerza para derrotar a sus enemigos en la batalla de Badr y la que tumbó las murallas de Jericó. Y Dios es Zeus y es Afrodita, Mukuru, Odín. Al no poderse presentar en toda su magnitud adopta múltiples caras para que los hombres podamos comprenderlo. El Dios de los Cristianos es el Dios de los Egipcios y de los negros, dijo mientras el susurro horrorizado se convertía en un grito de genuino odio y vergüenza. Y Dios, en verdad (gritaba él mientras su auditorio se levantaba de los asientos para gritarse mutuamente y recordarse toda la historia de las guerras libradas entre si) es Amor. Tan grande es su amor que quiere que todos, sin importar su origen, pueden conocerlo. Tan grande es que nos ama y nos da las mismas oportunidades sin importar lo diferentes que seamos- terminó de hablar con lágrimas en los ojos mientras que los cardenales de Francia,  esos escuálidos viejecitos, se agarraban a golpes con el Imán del sur, todavía mucho más anciano y escuálido que ellos, y los representantes de la Iglesia Ortodoxa Griega rodaban por el suelo con los persas. Todos los representantes de todas las Iglesias y religiones que asistieron ese día a escuchar a Alfonso de Pavón terminaron golpeándose como niños callejeros.

Lo excomulgaron ese mismo día. Lo desterraron al siguiente y ninguno de los poderes que antes lo habían acogido en sus reinos y provincias quiso abrirle sus puertas. Las tribus del desierto desaparecieron entre las dunas, ningún intérprete quiso traducir sus palabras y cuando llegaba conociendo los idiomas, hicieron oídos sordos. Después de salir de Italia, pasar por África y ser cruelmente expulsado de las colonias españolas y portuguesas en América, siguió su peregrinaje hasta llegar a Inglaterra, en donde Enrique VIII, el excomulgado más famoso de esos tiempos, se río escandalosamente de sus desdichas y le permitió quedarse en su reino si juraba no predicar sus ideas malsanas y locas ante el pueblo inglés. Y Alfonso, después de ver las mil caras de Dios, adoradas por beduinos, cristianos, anglicanos, judíos, chinos, hindúes, japoneses, himbas, bosquimanos, tuaregs, zulus y más, también vio las caras de sus fieles dándole la espalda para monopolizar a Dios.

‘No veo, señor, como puedes amarlos’

Fue lo último que escribió en la última página del cuaderno en el que había anotado todas sus observaciones y murió de frío y soledad en la triste tierra en donde había ido a parar.

Encontramos su cuaderno en una casa abandonada.

Este ha sido el invierno más frío en diez años, tan frío que el agua se congela en las tuberías y las pestañas se pegan entre si por la escarcha. Leí el libro entero y después, con cierto pesar en el alma, lo arrojé a la hoguera, página por página. Ese compendio ya olvidado de las caras de Dios nos dio una noche de calor. Supongo, que si me esta viendo desde algún lugar protegido de cualquier religión, aprobará que lo haya hecho. Los dos sabemos que tan cruel puede ser el frío en este país.

(Le empecé a escribir este poema hace cuatro años. Me tardé dos años en dejarlo como es actualmente, hace dos, decidí dejar de escribirlo. No es nada en realidad, no es lo mejor que he escrito, pero era para él y de todo lo que he hecho, es mi favorito)

Ojalá fueses algo que pudiera explicar completamente, en lugar de compararte con cosas ínfimas

Para que, en vez de sufrir por cosas simples, pudiera morir por cosas grandes

si es que voy a morir de la pena

Pueda evitar morir susurrando.

 

Ojalá fueses enteramente el fuego que sé que eres, para quemarme simplemente

en lugar de morir de a poco y congelado

por el hielo que llevas dentro.

 

Porque no eres fuego y yo ardo

y no eres hielo y me congelas

Cualquier mirada delata lo que el orgullo niega

 

Ojalá el cuerpo a ti se negase;

y el corazón inocente no te esperase

el cerebro incauto no te anhelara

y mi realidad con la imaginación no se fundiera

 

Ojalá el tiempo siguiera y el mundo cambiase

y tú te quedases. Y yo caminara.

O te fueses de una vez por todas y para siempre.

En lugar de perderte, momento a momento.

 

Ojalá pudiese yo entenderte, en vez de hacer comparaciones

pero ya eres fuego y yo ardo

y al mismo tiempo eres hielo y me congelas

Si fueses cualquier cosa, además de todo, me tendrías

Me tendrías

Siendo ajenos, ya me tienes.

Ahora ya no te pienso en las mañanas, ya no suspiro tu nombre cuando estoy solo, ya no te imagino en las tardes cuando cae el sol y el cielo entero -por un instante- se pone rojo y el todo cambia su color. ¿Te acuerdas de esas tardes, nuestras tardes? Probablemente no y si sí, no las recordarás de la misma forma en la que yo las recuerdo. Te burlarás de mi, por anticuado. Tú siempre fuiste muy cruel. Dicen que los niños son crueles, pero nunca nadie habló de las niñas como tú. No es que no hayas crecido, es que nunca dejaste de ser niña. Y ahora que eres mayor, no dejas de ser una niña, una niña grande.

Ya no escribo cuentos, ya no escribo poesía pensando en ti. Quiero escribir cartas de amor hasta morirme y mandarlas por correo a todas partes y para que las lean extraños, nunca tú. Y decir que no te quiero, aunque te quiera.

Ya no estabas ahí cuando me fui. Me fui yo primero, no como una huida cobarde sino retirándome, con la resignación terrible de quienes saben que es el final. Contigo no estaba vivo. Y ahora sin ti estoy muerto, nunca he estado más muerto. Y aún así, contigo nunca estuve vivo. ¿Te acuerdas?. Yo sí. ¿Qué hacías cuando me fui? De cualquier forma, ya no estás. No estamos ninguno de los dos.

Bueno, te decía.

Ya no te pienso en las mañanas. No suspiro tu nombre -en secreto- cuando estoy solo; no soy yo quien te imagina en las tardes. Eres tú quien llega, cada noche, suspirando entre sueños, cuando cae el sol y el cielo entero  -y por un instante- se pone rojo y entonces cambiamos de color.